miércoles, 23 de diciembre de 2015

Cuando se trata de amar, las plumas salen volando. Las mías. No sé qué coño tienen que ver las plumas en todo esto. Me confundo de conceptos. O no los entiendo. O yo qué sé.
Resulta que no echo de menos. Me viene por defecto. No añoro. O por lo menos, no añoro de la manera en la que todos añoran. Con rotundo dolor. Con palabras. Con desesperación verbal. No sé decir estas cosas, y tampoco me duelen. Sólo dejo que descansen y las siento un ratito. Aquí adentro. Muy profundamente. Sin saber cómo se llaman, sin dejarnos el teléfono de contacto. No hay contacto. No hay roce. Ni cariño. Ni apego. El apego es una rotunda mierda. Te mira con ojitos de pena y te engaña diciendo que es tuyo y que lo has abandonado. Que lo acojas. Que se siente muy solo. Sin dueño, como si eso fuera algo malo. Sin dueño. Ya quisiéramos nosotros. Sin dueño.
Quizá es porque he encontrado el valor a lo que sale por la boca. Al aire y a las palabras. A los sonidos. A los alaridos. Puede que respete demasiado el significado de lo que se dice y me jodan eternamente los "echo de menos" escupidos sin compasión. Con cobardía. Con caretas de plástico. Como todo lo que se dice mucho y se siente poco. Y solo. Le falta un dueño. El dueño que le sobra al maldito apego.
¿Dónde cojones te has metido cuando se tiene que decir la verdad?



martes, 1 de diciembre de 2015

Me gusta más el planeta de al lado. En este hay demasiado odio.
Tengo la manía de verme en los ojos de otro. Me entierro en sus manías y me cuesta respirar. Luego me pongo triste por el giro no tan inesperado de los conceptos. No encuentro el cable de tierra que debería unirnos, a pesar de ser muy consciente de que existe. 
Me siento más identificada con los cadáveres que comes que contigo, por eso no comemos lo mismo. Ya lloraban demasiado en mi estómago. Sus almas, digo. 
Prefiero el sol a los focos, el verde al cemento y los animales a las personas. Nosotros ya estamos demasiado lejos.

lunes, 5 de octubre de 2015

Me dan envidia las plumas que se caen desde arriba, de dueños demasiado ocupados con ser libres. Yo no he elegido las mías. Las ocupaciones, digo. Negarme no sirve de mucho. Darme con la frente en las paredes sólo sirve para ensuciarlas. Y ensuciarla. Todo es como un remolino de decisiones que no llego a plantear por miedo a que se cumplan. Y suceda. Y lo deje todo a medio hacer. Y me lance desde la copa de un árbol de hoja caduca. Sin florituras. Y me descubra. Y me guste.

Cansa el esfuerzo eterno de llenar el vaso y toparte con un nivel perezoso, dispuesto a quedarse a la misma altura. "Todo es la actitud, chica, todo es la actitud". Ya me he cargado cinco libros de autoayuda como éste. Arden bien. Dan calor. Y consuelo, sobre todo eso. Y el nivel sigue sin subir. Joder. Mierda.

Vuelvo a tropezar con las palabras sucias, las que enguarran mucho y dicen poco. Las que tachan en esos malditos libros de nubes azucaradas y condenada purpurina. Iros todos a la mierda, Dejadme volar. Volar. Volar. Volar. Sólo puedo pensar en eso. En eso y en los putos pájaros que vuelan sin plumas. Y sin que les importe que sea yo la que las coleccione para poder mirarlas en los momentos en los que el agua no llena ningún vacío. Y sueñe. Y me alimente. Y luego renacer de entre unas cenizas que nunca han ardido. Es mucho más bonito así, desde vuelos que nunca han ocurrido.

Algún día dejaré de pensar. Y el vaso se volcará.


lunes, 31 de agosto de 2015


Nunca desayuno lo mismo, me tomo el lujo de elegir. Siempre. Nunca tengo lo mismo encima de la mesa y lo que tengo siempre lo miro de forma distinta. Y lo saboreo. Y no me preocupo de mantener alimentada a mi rutina hambrienta. Que se muera. Que se pudra.
A lo mejor la indecisión venía de desayunar todos los días café con magdalenas. O con galletas. Siempre el mismo café, la misma leche y el mismo azúcar. Siempre la misma marca de magdalenas y de galletas. A lo mejor no sabía quién era cuando me servían el desayuno en la cama. Yo era siempre ella y aún me miro al espejo con una mueca de incertidumbre en la cara, sin saber qué coño escribir en mi libro. Nunca he sido lo que los demás esperaban. Nunca me ha gustado lo que los demás me daban, porque no era a mí, era a su muñeca. A su prototipo porcelánico que pestañeaba de vez en cuando y sonreía mientras la mandíbula le temblaba por el esfuerzo. El esfuerzo de no defraudar. De tener cuidado con no quitarse el disfraz que a todos les gustaba.
Cuando nací nadie me conocía. Nadie te conoce. Nadie sabe quién eres, pero intentan hacerte. Te intentan crear. Con todo el amor del mundo, pero te hacen daño. Y no te das cuenta hasta que te despiertas veinte años después y eliges desayunar algo distinto. 

viernes, 21 de agosto de 2015

Las direcciones que no cogí me señalan con el dedo. Roto. Torcido. Y los 12 cuervos que me persiguen por las noches han decidido dejar de dormir de día.
Dejé de lado una corona de flores y las faldas al viento. Decidí pegarme los pies con cemento. Siempre me quedo sin sitio en los cines y me canso de ver películas con guiones aprendidos. Estructurados. Y sueño con esas flores que nunca se ponen feas y con esa falda que nunca se está quieta. Y me miro los muslos y niego con la cabeza empezando a comprender lo que me resultará siempre incomprensible. Y decido no soñar, pero se me olvida enseguida.
Hay una niña al principio del camino que ríe todo lo que ya no río. Y siente todo lo que ya no siento. Y es todo lo que ya no soy. Abre los ojos cuando yo los cierro y enseña las piernas cuando yo me las arranco. Y la escondo entre mis faldas para que los cuervos no le arranquen los ojos. Y vea todo lo que yo no veo. Y me recuerde todo lo que ya he olvidado.


lunes, 17 de agosto de 2015

Acabo de romper. He oído el crack desde muy cerca. Mis tímpanos han llorado, pero los he dejado hacer. Y se han liberado. Como las tormentas de mi pecho que no escampan nunca y que de cada vez me duelen más sus relámpagos. Me lo he cargado. Ese sentimiento de creer que era mutuo. Nada es mutuo, porque sólo existe tu parte. Tu trozo. Y casi nunca encaja. Tuve que abrirme el pecho. Y fue contigo. No eres el tú que esperaba. Porque el mío seguía ahí.
Acabo de romper y los trozos aún siguen esparcidos por este lugar que apesta a humedad estancada. Que perfora las fosas mientras pronuncia que está podrido. Que se está deshaciendo. Que ya no hay vuelta atrás. Y la transformación, que nunca se cansa, espera apoyada en aquella farola, donde un día iluminé lo que tendría que estar oscuro. Y no salir. Y quedarse. Siempre termino en medio del mismo vacío.

martes, 28 de julio de 2015

Pasa que lo que se siente no se tiene nunca. No se tienen amigos, familia, pareja, sensaciones, pensamientos, intuiciones. Nunca se tiene nada de todo eso. Se siente. Y lo que se siente sólo se puede vivir. Se vive. No se puede hacer nada más con los sentimientos.

Pasa que si no vives lo que sientes, todo resulta ser mentira. Sólo lo tienes. Está ahí, en algún rincón de tu mente, alejado del pecho. Puedes preocuparte mucho por ello o pensar constantemente, pero no lo sientes porque no lo vives. No lo sientes porque lo tienes. Porque lo paseas de una neurona a otra buscando alguna definición adecuada. Lo verbalizas.

Así que sentir es vivir y tener es morir. Una explicación nada sencilla que se encasqueta en las mentes menos sentidas, que viven más sus miedos que sus sentimientos. Y mueren más rápido que los otros.